Muchas personas se han preguntado si los milagros que realizo Jesús son ciertos o son puras palabras. Antes de abordar el tema es muy importante creer que Jesús el hijo de Dios, realmente caminó sobre esta Tierra, entonces no sería improbable que cualquiera de los milagros registrados en el nuevo testamento por Jesús pudo haber sucedido realmente como se describe.
Cuando comenzamos a pensar en las historias de milagros algunas personas, no creyentes, simplemente las descartarán como eventos imposibles o intentarán racionalizar. Ellos de alguna manera; por ejemplo, sugiriendo que la historia de Jesús caminando sobre el agua podría explicarse por la posibilidad de la formación de hielo en el Mar de Galilea; o la idea de que la gente simplemente sacó sus almuerzos durante la alimentación de los cinco mil; o que la gente en realidad no había muerto cuando Jesús les devolvió la vida. La evidencia sólida está en reconocer un milagro en particular: la resurrección de nuestro señor Jesús el hijo de dios. Cuanto más analizamos el asunto de la resurrección de Jesús, más nos damos cuenta de que presenta probablemente la mejor evidencia objetiva que tenemos de la existencia de Dios.
Jesús fue sepultado en la tumba de José de Arimatea. Una piedra grande que pesaba varias toneladas fue rodada a través de la entrada y los romanos sellaron la tumba. Finalmente, los romanos colocaron una guardia en la tumba. Se afirma en el Nuevo Testamento que, días después, la piedra había sido movida y se encontró que la tumba estaba vacía.
La afirmación de la tumba vacía fue hecha, no solo por los escritores de los evangelios, sino quizás más significativamente por San Pablo, quien comenzó a escribir sus cartas, según cree la mayoría de los eruditos, alrededor del año 33 d.C.; dentro de la vida de los testigos oculares, incluidos aquellos que eran oponentes directos del mensaje cristiano. Nuevamente, cuando Pablo hizo esta afirmación, el evento también estaba en la memoria reciente de los testigos oculares. Si estos eventos no hubieran sido bien aceptados como hechos en ese momento, habría sido muy fácil para los oponentes haberlos refutado con éxito.
Parece que el cuerpo de Jesús de alguna manera simplemente desapareció. Nadie fue capaz de localizarlo a pesar de que debería haber sido un asunto sencillo para los opositores al mensaje de Pablo y ciertamente habría detenido al cristianismo en seco porque la doctrina de la resurrección es el centro de la fe cristiana. Como dijo el mismo San Pablo: "Si Cristo no resucitó, vana será toda nuestra predicación, vana será vuestra confianza en Dios" [1 Cor 15,14].
Lo anterior, por supuesto, no representa ningún tipo de prueba, pero la evidencia de la resurrección está ahí y es realmente convincente. La resurrección, es el lugar para comenzar su investigación sobre el tema de los milagros de Jesús, porque no solo es el más significativo, sino también el mejor atestiguado. Y si llegamos a aceptar la resurrección como un evento histórico, entonces no podemos ver ninguna razón por la que cualquiera de los otros milagros que señala el nuevo testamento realizo Jesús no se hubiesen realizado.
Muchas personas se han preguntado si los milagros que realizo Jesús son ciertos o son puras palabras. Antes de abordar el tema es muy importante creer que Jesús el hijo de Dios, realmente caminó sobre esta Tierra, entonces no sería improbable que cualquiera de los milagros registrados en el nuevo testamento por Jesús pudo haber sucedido realmente como se describe.
Cuando comenzamos a pensar en las historias de milagros algunas personas, no creyentes, simplemente las descartarán como eventos imposibles o intentarán racionalizar. Ellos de alguna manera; por ejemplo, sugiriendo que la historia de Jesús caminando sobre el agua podría explicarse por la posibilidad de la formación de hielo en el Mar de Galilea; o la idea de que la gente simplemente sacó sus almuerzos durante la alimentación de los cinco mil; o que la gente en realidad no había muerto cuando Jesús les devolvió la vida.
La evidencia sólida está en reconocer un milagro en particular: la resurrección de nuestro señor Jesús el hijo de dios. Cuanto más analizamos el asunto de la resurrección de Jesús, más nos damos cuenta de que presenta probablemente la mejor evidencia objetiva que tenemos de la existencia de Dios.
Jesús fue sepultado en la tumba de José de Arimatea. Una piedra grande que pesaba varias toneladas fue rodada a través de la entrada y los romanos sellaron la tumba. Finalmente, los romanos colocaron una guardia en la tumba. Se afirma en el Nuevo Testamento que, días después, la piedra había sido movida y se encontró que la tumba estaba vacía.
La afirmación de la tumba vacía fue hecha, no solo por los escritores de los evangelios, sino quizás más significativamente por San Pablo, quien comenzó a escribir sus cartas, según cree la mayoría de los eruditos, alrededor del año 33 d.C.; dentro de la vida de los testigos oculares, incluidos aquellos que eran oponentes directos del mensaje cristiano. Nuevamente, cuando Pablo hizo esta afirmación, el evento también estaba en la memoria reciente de los testigos oculares. Si estos eventos no hubieran sido bien aceptados como hechos en ese momento, habría sido muy fácil para los oponentes haberlos refutado con éxito.
Parece que el cuerpo de Jesús de alguna manera simplemente desapareció. Nadie fue capaz de localizarlo a pesar de que debería haber sido un asunto sencillo para los opositores al mensaje de Pablo y ciertamente habría detenido al cristianismo en seco porque la doctrina de la resurrección es el centro de la fe cristiana. Como dijo el mismo San Pablo: "Si Cristo no resucitó, vana será toda nuestra predicación, vana será vuestra confianza en Dios" [1 Cor 15,14].
Lo anterior, por supuesto, no representa ningún tipo de prueba, pero la evidencia de la resurrección está ahí y es realmente convincente. La resurrección, es el lugar para comenzar su investigación sobre el tema de los milagros de Jesús, porque no solo es el más significativo, sino también el mejor atestiguado. Y si llegamos a aceptar la resurrección como un evento histórico, entonces no podemos ver ninguna razón por la que cualquiera de los otros milagros que señala el nuevo testamento realizo Jesús no se hubiesen realizado.
Contemplemos los milagros de nuestro Señor Jesucristo no solo como hechos poderosos, sino como señales llenas de amor que revelan quién es Él y cuál es el propósito del Reino de Dios. “Estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).
Jesús, Señor de la creación y proveedor fiel.
En las bodas de Caná, nuestro Señor convirtió el agua en vino (Juan 2:1-11), manifestando su gloria y mostrando que Él transforma lo ordinario en bendición abundante. De igual manera, cuando multiplicó los panes y los peces para alimentar a cinco mil y luego a cuatro mil personas (Mateo 14:13-21; Mateo 15:32-39), nos enseñó que Dios conoce nuestras necesidades y es compasivo con la multitud hambrienta. Él sigue siendo el Pan de vida que sacia al alma (Juan 6:35).
Jesús, autoridad sobre la enfermedad y el dolor humano.
Los evangelios dan testimonio de cómo Cristo sanó a enfermos de toda condición: el hijo del noble (Juan 4:46-54), la suegra de Pedro (Mateo 8:14-15), el leproso que clamó por misericordia (Mateo 8:1-4), el paralítico perdonado y restaurado (Mateo 9:1-8), la mujer encorvada por dieciocho años (Lucas 13:10-17) y los diez leprosos, de los cuales solo uno regresó agradecido (Lucas 17:12-19). En cada sanidad vemos el cumplimiento de lo escrito: “Él tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17; Isaías 53:4).
Jesús, vencedor sobre el poder de las tinieblas.
Nuestro Señor mostró autoridad absoluta sobre los espíritus inmundos. Liberó al endemoniado en la sinagoga (Marcos 1:23-27), al gadareno poseído por muchos demonios (Marcos 5:1-15) y al endemoniado mudo (Mateo 12:22). Estas obras confirman que el Reino de Dios ha llegado con poder, pues “si por el Espíritu de Dios yo echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mateo 12:28).
Jesús, Señor de la vida y la muerte.
Con amor entrañable, Jesús devolvió la vida al hijo de la viuda de Naín (Lucas 7:11-17), levantó a la hija de Jairo (Marcos 5:21-43) y resucitó a su amigo Lázaro después de cuatro días en el sepulcro (Juan 11:17-46). En cada resurrección resuena su declaración eterna: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).
Jesús, revelación de la gloria de Dios.
En la transfiguración, Cristo mostró su gloria delante de sus discípulos (Mateo 17:1-8), confirmando que Él es el Hijo amado a quien debemos oír. Asimismo, cuando calmó la tempestad con su palabra (Marcos 4:37-41) y caminó sobre el mar (Mateo 14:25), reveló que toda la creación le obedece, pues Él es el Señor soberano.
Jesús, misericordioso con los que creen.
La mujer con flujo de sangre fue sanada al tocar con fe el manto del Señor (Lucas 8:43-48), y los ciegos que clamaron por misericordia recibieron la vista (Mateo 9:27-30). Estos milagros nos recuerdan que la fe genuina se aferra a Cristo con humildad y confianza, y que Él nunca rechaza al corazón sincero (Hebreos 11:6).
Cada uno de estos milagros nos dirige a una verdad central: Jesucristo es el Hijo de Dios, lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14). Sus obras no fueron espectáculos, sino expresiones del amor redentor de Dios, llamándonos al arrepentimiento, a la fe y a una vida transformada. Que al meditar en estos milagros, nuestros corazones sean fortalecidos para confiar plenamente en Él, sabiendo que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8). Jesús es dios. Yeshua Hamashiaj es dios. Amen.
Contemplemos los milagros de nuestro Señor Jesucristo no solo como hechos poderosos, sino como señales llenas de amor que revelan quién es Él y cuál es el propósito del Reino de Dios. “Estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).
Jesús, Señor de la creación y proveedor fiel.
En las bodas de Caná, nuestro Señor convirtió el agua en vino (Juan 2:1-11), manifestando su gloria y mostrando que Él transforma lo ordinario en bendición abundante. De igual manera, cuando multiplicó los panes y los peces para alimentar a cinco mil y luego a cuatro mil personas (Mateo 14:13-21; Mateo 15:32-39), nos enseñó que Dios conoce nuestras necesidades y es compasivo con la multitud hambrienta. Él sigue siendo el Pan de vida que sacia al alma (Juan 6:35).
Jesús, autoridad sobre la enfermedad y el dolor humano.
Los evangelios dan testimonio de cómo Cristo sanó a enfermos de toda condición: el hijo del noble (Juan 4:46-54), la suegra de Pedro (Mateo 8:14-15), el leproso que clamó por misericordia (Mateo 8:1-4), el paralítico perdonado y restaurado (Mateo 9:1-8), la mujer encorvada por dieciocho años (Lucas 13:10-17) y los diez leprosos, de los cuales solo uno regresó agradecido (Lucas 17:12-19). En cada sanidad vemos el cumplimiento de lo escrito: “Él tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17; Isaías 53:4).
Jesús, vencedor sobre el poder de las tinieblas.
Nuestro Señor mostró autoridad absoluta sobre los espíritus inmundos. Liberó al endemoniado en la sinagoga (Marcos 1:23-27), al gadareno poseído por muchos demonios (Marcos 5:1-15) y al endemoniado mudo (Mateo 12:22). Estas obras confirman que el Reino de Dios ha llegado con poder, pues “si por el Espíritu de Dios yo echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mateo 12:28).
Jesús, Señor de la vida y la muerte.
Con amor entrañable, Jesús devolvió la vida al hijo de la viuda de Naín (Lucas 7:11-17), levantó a la hija de Jairo (Marcos 5:21-43) y resucitó a su amigo Lázaro después de cuatro días en el sepulcro (Juan 11:17-46). En cada resurrección resuena su declaración eterna: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).
Jesús, revelación de la gloria de Dios.
En la transfiguración, Cristo mostró su gloria delante de sus discípulos (Mateo 17:1-8), confirmando que Él es el Hijo amado a quien debemos oír. Asimismo, cuando calmó la tempestad con su palabra (Marcos 4:37-41) y caminó sobre el mar (Mateo 14:25), reveló que toda la creación le obedece, pues Él es el Señor soberano.
Jesús, misericordioso con los que creen.
La mujer con flujo de sangre fue sanada al tocar con fe el manto del Señor (Lucas 8:43-48), y los ciegos que clamaron por misericordia recibieron la vista (Mateo 9:27-30). Estos milagros nos recuerdan que la fe genuina se aferra a Cristo con humildad y confianza, y que Él nunca rechaza al corazón sincero (Hebreos 11:6).
Cada uno de estos milagros nos dirige a una verdad central: Jesucristo es el Hijo de Dios, lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14). Sus obras no fueron espectáculos, sino expresiones del amor redentor de Dios, llamándonos al arrepentimiento, a la fe y a una vida transformada. Que al meditar en estos milagros, nuestros corazones sean fortalecidos para confiar plenamente en Él, sabiendo que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8). Jesús es dios. Yeshua Hamashiaj es dios. Amen.